Un atardecer para cada día

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Lo más difícil de vivir fuera de mi país es la distancia física con mi familia. Hay un algo en la convivencia cotidiana, que ni Skype, ni FaceTime, ni el teléfono han podido reemplazar. Esos silencios y esa presencia llena de miradas calmadas que sólo experimento cuando compartimos el mismo espacio, ya sea aquí en México o allí en Mi Buenos Aires.

Diciembre sin familia es un mes extraño. Por fortuna mi hermana y mi cuñado decidieron venir a visitarnos y pasar las fiestas de este lado del hemisferio. Disfrutamos una Navidad fresca en la Ciudad de México, y un Año Nuevo cálido en la Riviera Nayarit.

El camino de Ciudad de México hasta Nuevo Vallarta lo hicimos en camioneta. Cuatro adultos, dos niños y diez horas en la carretera dentro de un vehículo en dónde había sólo dos boletos de primera clase. El de la tercera fila, porque permitía recostarse y dormir cómodamente, y el del acompañante con espacio para estirar mejor las piernas. El resto hizo lo que pudo con las extremidades para que llegasen en condiciones suficientes para volver a utilizarlas.

Pasadas las cuatro de la tarde, llegamos al departamento que rentamos para pasar poco más de una semana en familia. Justo a tiempo para descargar las maletas y esperar la puesta del sol en la playa. De pantalones largos nos apresuramos a llegar al mar. Los subimos un poco para no mojarlos y empezamos a gozar. El invierno en el pacífico tiene el encanto de los atardeceres a las seis de la tarde. A esa hora puedo sentarme sin prisa y ver hasta el último reflejo del sol en el cielo antes de convertirse en oscuridad.

Mientras la luz del día se iba enfriando, veía a mis hijos mojarse como si llevasen puestos sus trajes de baño. Ese primer día, sentada junto a mi hermana en una reposera, me estremecí viendo la primera de nueve ininterrumpidas puestas de sol. La costa oeste mexicana no tendrá la gama de azules del caribe, pero tiene tanto encanto como el paraíso. Tiene algo que disfruto mucho más, un atardecer para cada día.

El mar me mojó poco y nada, es que convivir con animales tales como mantas rayas a pocos centímetros de mí, no es lo que más disfruto. Sin embargo me divertía viendo cómo ellas surfeaban las olas muy cerquita de mis hijos, de mi marido y de mi cuñado a quienes parecía no importarles. Seguro ellas se divirtieron más conmigo mientras me veían correr dentro del agua, espantada pensando que eran tiburones.

Una de esas tardes, miré a mi hermana y le dije: «son las cinco y media», y como cuando mi mamá nos decía: «son las diez de la noche», y nosotras sin discusión nos íbamos a dormir, con esa misma disposición, nos levantamos imitando viejos tiempos y emprendimos una caminata por la orilla del mar. Entre pisadas húmedas, espuma de mar y un horizonte prendido fuego, el tiempo jugaba conmigo y yo sólo escuchaba sus risas mientras pensaba que los años son del calendario, no del corazón. No importaba cuánto hacía que no disfrutábamos juntas así, porque en el fondo, ella está conmigo siempre, sin interesar en dónde esté.

Entre desayunos, almuerzos, cenas, fuegos artificiales, caminatas por la arena, juegos, charlas y mucho más, pasamos unas lindas vacaciones. Nueve días, nueve ocasos, cuatro adultos, dos niños, una familia, muchas risas y mucho amor. Por esto y más, Nuevo Vallarta será para mí, siempre sinónimo de unión.

5 Comentarios

  1. Flor dice:

    Que buena descripcion Vero! De momentos y sensaciones!
    Te felicito, me encanto tu relato! Gracias por compartirlo!

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  2. Mechi+ dice:

    Te amo tanto. Agradezco a la vida tenerte de hermana.

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  3. elber dice:

    Entrañable, como si hubiera estado ahí, en la playa… y en tu corazón. Gracias.

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  4. Vivian Moncayo dice:

    Me parece fantastico tu relato, siempre un momento por corto que sea con tu familia cuando estas a la distancia, se siente como una eternidad.
    Me encanto!!!!

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  5. Alfon dice:

    Amiga te quiero! que lindo! cuanto sentimiento y cuanto de vos ♡

    Le gusta a 1 persona

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