Mi Padre

Casi como un acto de rebeldía,
cada vez que hablo con él
le digo que lo quiero. 
Y en ese portal del tiempo
que se abre entre nosotros,
no espero respuesta.
Y sin embargo, 
siento su regocijo vacilante
y su incomodidad añeja.
Porque mi padre
aprendió a decir te quiero
con los hechos
y yo aprendí también
a abrazarlo con las palabras,
para acortar la distancia física
que separa mi pecho de su latido.

Hay 7 lugares a los que jamás volvería

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No volvería al mar de dudas que golpeaba incesantemente mi orilla por ignorar quién soy y qué quiero. Y aunque no son muchas mis certezas, me gusta navegar en la tranquilidad de no saber dónde culmino.

No volvería al desierto indómito de un corazón sin amar, porque ante todo estamos nosotros habitando allí con el propósito mayor de autoejecutar el verbo.

No volvería a la gélida mirada acusatoria del espejo, que sólo produce desamparo. Prefiero el lugar tibio de tu mirada de ojos ávidos de encuentro.

No volvería al safari atroz de tus pensamientos tormentosos. Sobre todo, por la lucha estéril de una victoria efímera y amorfa.

No volvería al laberinto indescifrable de mis miedos sin sentido que florecen en las noches y se ocultan descaradamente de la luz del día.

No volvería al monumento endeble de un orgullo hueco brillando anacrónicamente por un logro en desuso.

Y tampoco volvería a la jungla reseca de mi desgano aleatorio, mal fundado en la desidia de los que sólo creen en el destino fortuito de una vida obstinada.

Prefiero retirarme al descanso de mis pasos sorprendidos caminando en la incertidumbre colmada de encuentros y desencuentros azarosos.

Pero si pese a mi voluntad expresa, alguna vez naufragara en esas tierras y allí me encontraras, disfrutaría en el aplomo de saber que estarás siempre a mi lado.

A veces extraño

A veces extraño… y a veces también.

Según su definición, extrañar: a veces como la sensación de sentir la novedad de algo o hay veces como la de echar de menos.

Extraño de día y de noche.

Extraño por extrañar y a veces para no olvidar.

Extraño por un ratito… o para siempre.

Extraño profundo.

Extraño atenta, pero a veces te extraño sin darme cuenta.

Extraño porque sí… o porque no.

Extraño nostálgica… o para recordarte feliz.

Extraño desde los huesos… y sobre la piel.

Extraño como verbo y como adjetivo.

Yo extraño

Él extraña

Nosotros extrañamos

Ellos extrañan

¿Tú me extrañas?

El vos y el vosotros me los guardo como recuerdo de palabras que tanto anhelo.

Extrañar sin más… o por menos.

Extrañar tu mirada, tu presencia y tu ausencia.

Extrañar al estirar mi brazo en la noche y darme cuenta del abismo.

Extrañar por echar de menos… y sentir la falta.

Extrañar… y esto no es nuevo.

Balance anticipado

uvasEste año empiezo el balance final un poco antes. Porque diciembre ya es mañana y a enero pasamos de un saltito. Entre despedidas, brindis, maletas, calor, frío y nostalgia ya comienza el 2018 y creo casi vital parar y contemplar todo lo que ha pasado durante estos meses. Para así ir marcando de a poco el camino que me gustaría recorrer el próximo año.

2017 fue un año vertiginoso. Casi sin haberme recuperado de la mudanza al norte de México ya comenzábamos a planear nuestro regreso a la Ciudad de los Aztecas. Dos cambios en menos de 13 meses se plantaban como un desafío agobiante. Sin embargo, con la convicción de que no nos enfrentamos jamás a ninguna situación más grande de la que podamos sobrellevar, volvimos a empacar. Aunados en la melancolía de dejar atrás los nuevos amigos y una ciudad de una belleza indescriptible sin terminar de explorar, mi marido y yo nos consolábamos sabiendo que al menos no volveríamos a pasar un verano de temperaturas que parecían ser controladas desde el núcleo solar.

Para mitad de año, ya estábamos nuevamente colgando cuadros y comprando nuevos uniformes escolares.

2017 fue un año de festejos también. Cumplí 40 y más allá de mis pronósticos de festejos grandilocuentes, soplé las velitas sin muchas de mis personas más queridas, pero con la fortuna de estar rodeada de personas adoradas. Y cuando la luz centelleante iluminaba mi cara, pedí mis deseos. Los pedí bien fuerte, pensando en las palabras de mi hijo Felipe cuando le anunciamos nuestro regreso: “mamá, esto fue lo que deseé en cada oportunidad que tuve durante este año”.  Será que lo pidió con muchas ganas y con la seguridad de que así iba a ser…

Entonces esa noche pedí por mí, por mi familia, por los que más quiero y para que este mundo siga siendo un lugar en el que todos queramos seguir viviendo.

Cumplí 40 y ¿saben qué? ¡No pasó nada! O mejor dicho sí, se quebró el mito en mí de que comenzaría una crisis interna. Cumplí 40 y aunque no estoy muy cerca de lo que alguna vez creí sería cuando estuviese dejando atrás la decena del 3, me encanta la idea de comenzar a ser una mujer de edad madura.

Y cuando empecé a sentirme fuerte con mi nueva realidad numérica y nos estábamos acomodando a la idea de estar de nuevo en esta ciudad, una noche de pijamas el suelo se movió. Esto no es raro aquí, sin embargo, era nuevo para nosotros sentirlo en un departamento. Mientras mis hijos dormían y mi marido se sostenía del marco de la puerta de la cocina, yo asustada pensaba que nos habíamos olvidado de planear una estrategia si esto sucedía. El temblor pasó para nosotros sin más consecuencia que una noche en blanco.

Para la siguiente semana, la solidaridad hacia los pueblos más afectados seguía viviéndose, pero las anécdotas del sismo entre nosotros se iban apagando.

12 días después de aquella noche, el mediodía del 19 de septiembre, el suelo volvió a rugir justo 32 años después del fatídico terremoto del 85 y al compás de los saltos de la tierra se iba derrumbando esa seguridad que me estaba acompañando. En pocos minutos el Valle de México se había convertido en una ciudad agrietada, derrumbada y llena de escombros. Desde dentro de los edificios caídos seguían latiendo algunos corazones, pero cientos de ellos se habían apagado. Una vez reunida con mis hijos, comencé a sentir unas ganas irrefrenables de volver al cobijo de los brazos de mis padres, a la seguridad de mi hogar de niña, a mi país añorado. Pero mi realidad era ésta y mejor que me amigase con ella. Lloré escondida en el baño para que mis hijos no me vieran. Las paredes agrietadas del departamento me recordaban la vulnerabilidad de esos días y yo no lograba contener el pánico que me invadía. Pero pasaban las horas y sucedía la magia. La ciudad entera, olvidándose de estratos sociales, de sexos y de nacionalidades, trabajó día y noche ayudando en lo que podía. Mexicanos, colombianos, argentinos, venezolanos y más; todas las nacionalidades convergieron removiendo escombros, organizándose para conseguir víveres y medicinas, cocinando para los voluntarios, clasificando donaciones y haciendo guardias para estar a la orden en caso de ser solicitados.

Donando dinero, tiempo, esfuerzos y esperanzas, el país y el mundo se unió al grito de ¡FUERZA MEXICO!, y nosotros nos unimos con ellos.

2017 fue sin duda un año de movimientos para mi familia y para mí. Un año de grandes aprendizajes. De distancias largas que acortamos con una llamada y un te quiero. De abrazos envueltos y desenvueltos. De nostalgias, de alegrías, de miedos, pero sobre todo de esperanzas. Un año de empezar de nuevo. De entender que no dejamos atrás, sino que llevamos adentro… para siempre.

Por eso, en el final de este calendario, al momento de comer mis 12 uvas, no pediré un año sin desafíos sino uno que me de la fuerza y la sabiduría para poder enfrentarlos desde el amor. Desearé un año de encuentros y de reconstrucción. Un año en el que cada uno de sus días tenga un motivo para reír y para abrazar. Un año lleno de besos y de miradas tiernas. Un año de contemplación y de acción. Un año para crear y para recordar. Pero principalmente desearé un año para VIVIR DESPIERTOS.

Versalles, los placeres de la Isla Encantada

 

image1A principios del 1600, el rey Luis XIII construyó el primer palacete de Versalles, a unos 20 kilómetros de París, en una zona pantanosa y forestal. Este palacete le servía de refugio para alejarse de los ojos de su madre y recrearse mientras cazaba. Sin embargo, fue su hijo, el rey Luis XIV quién encargó las ampliaciones del Palacio e hizo que éste tomara las dimensiones con las que hoy se lo conoce.

En 1682, el Rey Sol, motivado por el miedo a un levantamiento del pueblo, como había ocurrido durante la regencia de su madre en la Fronda de los Príncipes (1648-1653) se alejó de París y llevó todo el poder a Versalles, alojando allí a sus nobles, su corte y sus mujeres. Ordenó el diseño de los jardines, poco después de ser nombrado rey de Francia, a André Le Nôtre (jardinero real, quien impuso el estilo del jardín francés). Este proyecto duró hasta el fin de su reinado.

Los Jardines de Versalles, con sus estanques, estatuas de mármol, fuentes y el Gran Canal, tienen una extensión de más de 800 hectáreas, por lo que es casi imposible recorrerlo todo de una vez, pero vale la pena dedicar un día completo para la exploración y el deleite de las vistas y cada uno de sus detalles.

Torre Eiffel, París

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Durante su construcción, la torre Eiffel fue muy criticada por los artistas locales, catalogándola de “monstruosa” y “esqueleto gigante falto de gracia”, entre otros calificativos despectivos. Sin embargo, Gustave Eiffel (su diseñador) creía fervientemente en su proyecto y lo defendió. Así fue que luego de más de dos años de trabajo, la torre fue inaugurada en 1889 para la Feria Mundial de la Exposición Universal, conmemorando el centenario de la Revolución Francesa.

Inicialmente la torre fue creada para existir 20 años, pero Gustave Eiffel ideó un plan para utilizarla de laboratorio científico y así extender su vida. Tan sólo un día después de la inauguración, instaló un laboratorio meteorológico en la tercera planta que dio comienzo a una serie experimentos que se llevaron a cabo en la torre, convirtiéndola en el gran ícono de la ciudad.

La torre Eiffel es el monumento de pago más visitado del mundo, con casi 7 millones de visitantes al año.

Inicialmente la torre era de color cobrizo y luego de una década fue pintada de amarillo, pero con el correr de los años la fueron oscureciendo hasta llegar a la tonalidad marrón de hoy. Para su conservación, la torre es pintada aproximadamente cada 7 años y aunque parezca de color uniforme, tiene 3 tonalidades que van degradándose para acentuar el punto de fuga.

Para dar comienzo al nuevo siglo, el 31 de diciembre de 1999 se iluminaron 20.000 bombillos, que desde entonces centellean durante 5 minutos, cada comienzo de hora, desde la puesta de sol hasta la 1 am.

La torre Eiffel es uno de los monumentos más conocidos y más imitados del mundo. No podría explicar bien a qué se debe el magnetismo, pero una vez cerca de ella, te cautiva y te enamora.

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Acueducto de Segovia, España

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El Acueducto de Segovia (España), fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1985.
Ha sido construido por los romanos a principios del siglo II para transportar agua desde la sierra de Guadarrama hasta la ciudad de Segovia (tiene aproximadamente 16km de recorrido). Sin embargo, cuenta la leyenda que una muchacha aguadora de Segovia, cansada de caminar para recoger agua y llevarla hasta la casa que servía, gritó al cielo que daría cualquier cosa para que el agua llegara sola a las puertas de la ciudad. En ese momento, se le apareció el Diablo e hizo un pacto con él. Le daría su alma si hacía llegar el agua hasta la casa antes del amanecer. El Diablo trabajó duro toda la noche pero una terrible tormenta impidió que colocara la última piedra antes del primer rayo del sol. Así, la ciudad ganó un acueducto y la muchacha se salvó de entregar su alma.

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Felices los Siete

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Siete son los días de la semana. Siete los pecados capitales. También siete las maravillas del mundo y los colores del arco iris. Siete son los enanitos de Blancanieves y las cartas para hacer una canasta. Siete son los años de mala suerte si rompes un espejo. Y ya son siete los años que llevamos diciéndole a México nuestro hogar.

Un día de noviembre de 2009 aterrizamos en el hemisferio norte sin tener muy claro por cuánto tiempo nos quedaríamos, sin embargo, yo quise convencerme de que serían dos años. Éramos cuatro, cada uno con emociones diferentes. Mi marido, el más aterrado, sintiéndose responsable de esta loca aventura de comenzar un camino incierto. Mi hijo de cinco años, sin comprender demasiado se dejaba llevar por el entusiasmo de un perro prometido, que llegó más tarde que temprano. Mi hija de dos años, todavía sin saber hablar, cargaba una mochila de pequeños objetos que le harían recordar sus raíces (o más bien las nuestras, las de sus papás). Y yo, con la certeza del quiebre en mi mundo y las lágrimas sin control que caían aún con mis ojos cerrados, en total silencio me rendía al destino que estábamos creando.

Lejos de ser un camino llano, fueron siete años en los que escalamos montañas y de a ratos descansamos en mesetas, a veces más áridas de lo que esperábamos. Pero siempre con la convicción de que nadie está donde no tiene que estar. Así que sorteamos la tristeza de las distancias más duras, resignificando los conceptos de tiempo, de muerte, de celebraciones, de despedidas y de cuán lejos es estar lejos. En todo este universo nuevo, comprendimos que para “estar” con el otro no es necesario tocarse, sino sentirse y que la distancia no son los kilómetros que nos separan, si no el tiempo que no nos pensamos.

Siete son las vidas de los gatos, siete las notas musicales y siete los mares de este planeta. Y ya son siete los inviernos en diciembre y las primaveras de abril.

Cuando optamos por resumir nuestra vida a unas cuántas maletas y comenzar de nuevo en otro lugar, decidimos hacer del mundo un lugar más pequeño, más cotidiano, derribando los límites ilusorios del espacio, del idioma y de la cultura. Abrirles el mapa a nuestros hijos, recordándoles siempre el lugar en donde nacieron y regresándolos a él cada vez que podemos. A veces viajando y a veces contándoles historias.

Recorrimos parte de este país tan fascinante, viajamos, extrañamos, lloramos, reímos, nos enchilamos, disfrutamos y crecimos (en todo sentido), y en el momento en el que creímos que el cambio era inminente, que nuestro siguiente paso era desembarcar en nuestras mañanas de dulce de leche, la brújula dio un giro y apuntó al otro lado del Trópico de Cáncer. Así es que, hace cuatro meses vivimos en Monterrey, en el norte de este México lindo. Rodeados de montañas, de gente desconocida y de nuevos hábitos. Despojados otra vez de los brazos conocidos, de los anclajes y del confort de lo cotidiano. Saltamos nuevamente al vacío, con la gran fortuna de tomarnos de las manos, mirarnos a los ojos y saber que, si estamos juntos todo está bien.

Siete años, siete vidas, siete colores, siete notas. Felices los 7.

Vámonos, que los huevos los rompemos en Buenos Aires

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Metamos todo en las maletas, ropa, zapatos, trajes de baño (por si marzo nos concede todavía calor), los regalos que venimos acumulando desde hace meses, las cosas para heredar a los primos, los mil y un encargos de la familia, y por favor no nos olvidemos del repelente para mosquitos, que el Dengue, el Zika, la Chikunguya y el Miedo, están listos para atacar.

Vámonos, que los huevos los rompemos en Buenos Aires, porque a falta de Navidad en mi ciudad natal, tenemos las Pascuas para celebrar con la familia completa. Y aunque ya del sacrificio de no comer carne en Viernes Santo poco queda, siempre tenemos una excusa para juntarnos y recordar por qué nos gusta tanto volver.

Me gusta la Buenos Aires que está más allá de su política, de sus diferencias y de su inflación. Amo la Buenos Aires que me abraza y me golpea apenas pongo un pie en ella. Me enamora la ciudad que una vez mis bisabuelos, tal vez sin mucha opción, eligieron para desembarcar. La del Río de la Plata, la de Gardel y el Tango (aunque no lo sepa bailar). La que se viste de morado en primavera y se desnuda en otoño. La gélida del invierno y la asfixiante del verano. La de atardeceres de madrugada y una humedad que te cala. La de mis hijos y la de mis papás.

Vámonos que ya tengo hasta la maleta de mano lista. Y aunque cada vez logro optimizarla más, con ella podríamos sobrevivir unos cuántos días varados en algún aeropuerto. Será que quedé traumada con Tom Hanks en La Terminal, pero desprevenida seguro no me agarran.

Una vez allá, la dinámica se repite año a año. La peregrinación constante para abrazar a la familia y amigos, la ingesta exagerada de harinas en todas sus formas, las caminatas por las calles de mi infancia, la visita casi diaria a la heladería. La excursión obligatoria al Barrio Chino, las miradas sostenidas, la sensación indescriptible al ver cómo crecieron los más pequeños. La nostalgia a flor de piel. Todo comprimido en pocos días, casi rutinario vez con vez, pero sin un vestigio de aburrimiento, sólo disfrute.

Vámonos, que en esta travesía que es la vida, muchos lugares del mundo pueden ser hogar, pero como el sitio en donde crecemos no hay.

Porque emigran las aves, los mamíferos, los peces. Emigramos nosotros. Adoptamos otras culturas, a veces nos mimetizamos, a veces nos destacamos. Crecemos, lloramos, nos adaptamos, nos reagrupamos, nos desarrollamos, pero nunca dejamos de sentir el lazo inquebrantable con nuestra tierra, con nuestras raíces, con nuestra gente.

Y cuando los días del calendario de este viaje se hayan terminado, armaremos maletas nuevamente, repletas de dulce de leche, de galletas y de nuevos recuerdos. Que defenderemos a capa y espada para que duren hasta la próxima vuelta.

Vámonos, que tengo ganas de nivel cero, el del mar y el de extrañar.

Un atardecer para cada día

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Lo más difícil de vivir fuera de mi país es la distancia física con mi familia. Hay un algo en la convivencia cotidiana, que ni Skype, ni FaceTime, ni el teléfono han podido reemplazar. Esos silencios y esa presencia llena de miradas calmadas que sólo experimento cuando compartimos el mismo espacio, ya sea aquí en México o allí en Mi Buenos Aires.

Diciembre sin familia es un mes extraño. Por fortuna mi hermana y mi cuñado decidieron venir a visitarnos y pasar las fiestas de este lado del hemisferio. Disfrutamos una Navidad fresca en la Ciudad de México, y un Año Nuevo cálido en la Riviera Nayarit.

El camino de Ciudad de México hasta Nuevo Vallarta lo hicimos en camioneta. Cuatro adultos, dos niños y diez horas en la carretera dentro de un vehículo en dónde había sólo dos boletos de primera clase. El de la tercera fila, porque permitía recostarse y dormir cómodamente, y el del acompañante con espacio para estirar mejor las piernas. El resto hizo lo que pudo con las extremidades para que llegasen en condiciones suficientes para volver a utilizarlas.

Pasadas las cuatro de la tarde, llegamos al departamento que rentamos para pasar poco más de una semana en familia. Justo a tiempo para descargar las maletas y esperar la puesta del sol en la playa. De pantalones largos nos apresuramos a llegar al mar. Los subimos un poco para no mojarlos y empezamos a gozar. El invierno en el pacífico tiene el encanto de los atardeceres a las seis de la tarde. A esa hora puedo sentarme sin prisa y ver hasta el último reflejo del sol en el cielo antes de convertirse en oscuridad.

Mientras la luz del día se iba enfriando, veía a mis hijos mojarse como si llevasen puestos sus trajes de baño. Ese primer día, sentada junto a mi hermana en una reposera, me estremecí viendo la primera de nueve ininterrumpidas puestas de sol. La costa oeste mexicana no tendrá la gama de azules del caribe, pero tiene tanto encanto como el paraíso. Tiene algo que disfruto mucho más, un atardecer para cada día.

El mar me mojó poco y nada, es que convivir con animales tales como mantas rayas a pocos centímetros de mí, no es lo que más disfruto. Sin embargo me divertía viendo cómo ellas surfeaban las olas muy cerquita de mis hijos, de mi marido y de mi cuñado a quienes parecía no importarles. Seguro ellas se divirtieron más conmigo mientras me veían correr dentro del agua, espantada pensando que eran tiburones.

Una de esas tardes, miré a mi hermana y le dije: «son las cinco y media», y como cuando mi mamá nos decía: «son las diez de la noche», y nosotras sin discusión nos íbamos a dormir, con esa misma disposición, nos levantamos imitando viejos tiempos y emprendimos una caminata por la orilla del mar. Entre pisadas húmedas, espuma de mar y un horizonte prendido fuego, el tiempo jugaba conmigo y yo sólo escuchaba sus risas mientras pensaba que los años son del calendario, no del corazón. No importaba cuánto hacía que no disfrutábamos juntas así, porque en el fondo, ella está conmigo siempre, sin interesar en dónde esté.

Entre desayunos, almuerzos, cenas, fuegos artificiales, caminatas por la arena, juegos, charlas y mucho más, pasamos unas lindas vacaciones. Nueve días, nueve ocasos, cuatro adultos, dos niños, una familia, muchas risas y mucho amor. Por esto y más, Nuevo Vallarta será para mí, siempre sinónimo de unión.