Hay 7 lugares a los que jamás volvería

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No volvería al mar de dudas que golpeaba incesantemente mi orilla por ignorar quién soy y qué quiero. Y aunque no son muchas mis certezas, me gusta navegar en la tranquilidad de no saber dónde culmino.

No volvería al desierto indómito de un corazón sin amar, porque ante todo estamos nosotros habitando allí con el propósito mayor de autoejecutar el verbo.

No volvería a la gélida mirada acusatoria del espejo, que sólo produce desamparo. Prefiero el lugar tibio de tu mirada de ojos ávidos de encuentro.

No volvería al safari atroz de tus pensamientos tormentosos. Sobre todo, por la lucha estéril de una victoria efímera y amorfa.

No volvería al laberinto indescifrable de mis miedos sin sentido que florecen en las noches y se ocultan descaradamente de la luz del día.

No volvería al monumento endeble de un orgullo hueco brillando anacrónicamente por un logro en desuso.

Y tampoco volvería a la jungla reseca de mi desgano aleatorio, mal fundado en la desidia de los que sólo creen en el destino fortuito de una vida obstinada.

Prefiero retirarme al descanso de mis pasos sorprendidos caminando en la incertidumbre colmada de encuentros y desencuentros azarosos.

Pero si pese a mi voluntad expresa, alguna vez naufragara en esas tierras y allí me encontraras, disfrutaría en el aplomo de saber que estarás siempre a mi lado.

Versalles, los placeres de la Isla Encantada

 

image1A principios del 1600, el rey Luis XIII construyó el primer palacete de Versalles, a unos 20 kilómetros de París, en una zona pantanosa y forestal. Este palacete le servía de refugio para alejarse de los ojos de su madre y recrearse mientras cazaba. Sin embargo, fue su hijo, el rey Luis XIV quién encargó las ampliaciones del Palacio e hizo que éste tomara las dimensiones con las que hoy se lo conoce.

En 1682, el Rey Sol, motivado por el miedo a un levantamiento del pueblo, como había ocurrido durante la regencia de su madre en la Fronda de los Príncipes (1648-1653) se alejó de París y llevó todo el poder a Versalles, alojando allí a sus nobles, su corte y sus mujeres. Ordenó el diseño de los jardines, poco después de ser nombrado rey de Francia, a André Le Nôtre (jardinero real, quien impuso el estilo del jardín francés). Este proyecto duró hasta el fin de su reinado.

Los Jardines de Versalles, con sus estanques, estatuas de mármol, fuentes y el Gran Canal, tienen una extensión de más de 800 hectáreas, por lo que es casi imposible recorrerlo todo de una vez, pero vale la pena dedicar un día completo para la exploración y el deleite de las vistas y cada uno de sus detalles.

Vámonos, que los huevos los rompemos en Buenos Aires

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Metamos todo en las maletas, ropa, zapatos, trajes de baño (por si marzo nos concede todavía calor), los regalos que venimos acumulando desde hace meses, las cosas para heredar a los primos, los mil y un encargos de la familia, y por favor no nos olvidemos del repelente para mosquitos, que el Dengue, el Zika, la Chikunguya y el Miedo, están listos para atacar.

Vámonos, que los huevos los rompemos en Buenos Aires, porque a falta de Navidad en mi ciudad natal, tenemos las Pascuas para celebrar con la familia completa. Y aunque ya del sacrificio de no comer carne en Viernes Santo poco queda, siempre tenemos una excusa para juntarnos y recordar por qué nos gusta tanto volver.

Me gusta la Buenos Aires que está más allá de su política, de sus diferencias y de su inflación. Amo la Buenos Aires que me abraza y me golpea apenas pongo un pie en ella. Me enamora la ciudad que una vez mis bisabuelos, tal vez sin mucha opción, eligieron para desembarcar. La del Río de la Plata, la de Gardel y el Tango (aunque no lo sepa bailar). La que se viste de morado en primavera y se desnuda en otoño. La gélida del invierno y la asfixiante del verano. La de atardeceres de madrugada y una humedad que te cala. La de mis hijos y la de mis papás.

Vámonos que ya tengo hasta la maleta de mano lista. Y aunque cada vez logro optimizarla más, con ella podríamos sobrevivir unos cuántos días varados en algún aeropuerto. Será que quedé traumada con Tom Hanks en La Terminal, pero desprevenida seguro no me agarran.

Una vez allá, la dinámica se repite año a año. La peregrinación constante para abrazar a la familia y amigos, la ingesta exagerada de harinas en todas sus formas, las caminatas por las calles de mi infancia, la visita casi diaria a la heladería. La excursión obligatoria al Barrio Chino, las miradas sostenidas, la sensación indescriptible al ver cómo crecieron los más pequeños. La nostalgia a flor de piel. Todo comprimido en pocos días, casi rutinario vez con vez, pero sin un vestigio de aburrimiento, sólo disfrute.

Vámonos, que en esta travesía que es la vida, muchos lugares del mundo pueden ser hogar, pero como el sitio en donde crecemos no hay.

Porque emigran las aves, los mamíferos, los peces. Emigramos nosotros. Adoptamos otras culturas, a veces nos mimetizamos, a veces nos destacamos. Crecemos, lloramos, nos adaptamos, nos reagrupamos, nos desarrollamos, pero nunca dejamos de sentir el lazo inquebrantable con nuestra tierra, con nuestras raíces, con nuestra gente.

Y cuando los días del calendario de este viaje se hayan terminado, armaremos maletas nuevamente, repletas de dulce de leche, de galletas y de nuevos recuerdos. Que defenderemos a capa y espada para que duren hasta la próxima vuelta.

Vámonos, que tengo ganas de nivel cero, el del mar y el de extrañar.

Un atardecer para cada día

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Lo más difícil de vivir fuera de mi país es la distancia física con mi familia. Hay un algo en la convivencia cotidiana, que ni Skype, ni FaceTime, ni el teléfono han podido reemplazar. Esos silencios y esa presencia llena de miradas calmadas que sólo experimento cuando compartimos el mismo espacio, ya sea aquí en México o allí en Mi Buenos Aires.

Diciembre sin familia es un mes extraño. Por fortuna mi hermana y mi cuñado decidieron venir a visitarnos y pasar las fiestas de este lado del hemisferio. Disfrutamos una Navidad fresca en la Ciudad de México, y un Año Nuevo cálido en la Riviera Nayarit.

El camino de Ciudad de México hasta Nuevo Vallarta lo hicimos en camioneta. Cuatro adultos, dos niños y diez horas en la carretera dentro de un vehículo en dónde había sólo dos boletos de primera clase. El de la tercera fila, porque permitía recostarse y dormir cómodamente, y el del acompañante con espacio para estirar mejor las piernas. El resto hizo lo que pudo con las extremidades para que llegasen en condiciones suficientes para volver a utilizarlas.

Pasadas las cuatro de la tarde, llegamos al departamento que rentamos para pasar poco más de una semana en familia. Justo a tiempo para descargar las maletas y esperar la puesta del sol en la playa. De pantalones largos nos apresuramos a llegar al mar. Los subimos un poco para no mojarlos y empezamos a gozar. El invierno en el pacífico tiene el encanto de los atardeceres a las seis de la tarde. A esa hora puedo sentarme sin prisa y ver hasta el último reflejo del sol en el cielo antes de convertirse en oscuridad.

Mientras la luz del día se iba enfriando, veía a mis hijos mojarse como si llevasen puestos sus trajes de baño. Ese primer día, sentada junto a mi hermana en una reposera, me estremecí viendo la primera de nueve ininterrumpidas puestas de sol. La costa oeste mexicana no tendrá la gama de azules del caribe, pero tiene tanto encanto como el paraíso. Tiene algo que disfruto mucho más, un atardecer para cada día.

El mar me mojó poco y nada, es que convivir con animales tales como mantas rayas a pocos centímetros de mí, no es lo que más disfruto. Sin embargo me divertía viendo cómo ellas surfeaban las olas muy cerquita de mis hijos, de mi marido y de mi cuñado a quienes parecía no importarles. Seguro ellas se divirtieron más conmigo mientras me veían correr dentro del agua, espantada pensando que eran tiburones.

Una de esas tardes, miré a mi hermana y le dije: «son las cinco y media», y como cuando mi mamá nos decía: «son las diez de la noche», y nosotras sin discusión nos íbamos a dormir, con esa misma disposición, nos levantamos imitando viejos tiempos y emprendimos una caminata por la orilla del mar. Entre pisadas húmedas, espuma de mar y un horizonte prendido fuego, el tiempo jugaba conmigo y yo sólo escuchaba sus risas mientras pensaba que los años son del calendario, no del corazón. No importaba cuánto hacía que no disfrutábamos juntas así, porque en el fondo, ella está conmigo siempre, sin interesar en dónde esté.

Entre desayunos, almuerzos, cenas, fuegos artificiales, caminatas por la arena, juegos, charlas y mucho más, pasamos unas lindas vacaciones. Nueve días, nueve ocasos, cuatro adultos, dos niños, una familia, muchas risas y mucho amor. Por esto y más, Nuevo Vallarta será para mí, siempre sinónimo de unión.