La Maternidad Atraviesa

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Tenía yo 18 años. Estaba en la universidad cursando la materia Psicología. El profesor apenas desarrolló el concepto y a mí me llegó directo, como una daga apuntada justo a la razón. Y allí penetró haciendo hogar.

“El nombre propio atraviesa a las personas”, dijo. Y en mi cabeza se desplegaron un sinfín de imágenes y asociaciones. El impacto fue permanente.

Poco tiempo después, otra profesora reavivaría aquella sensación de desamparo que sucede cuando algo te impacta en todos los sentidos. Esta vez estudiábamos Semiótica y ella exponía sobre cómo el lenguaje atraviesa a las personas y a las sociedades. No sé si fue la pasión de aquellos dos profesores o mi momento receptivo, lo cierto es que esa palabra comenzó a latir rítmicamente a partir de ellos.

Atravesar, que según su definición una de sus acepciones es pasar un cuerpo penetrándolo de parte en parte, es justo el verbo que explica esa sensación que por fortuna he experimentado muchas veces, pero que sin embargo la más significativa ocurrió cuando fui madre.

Sin darnos cuenta, la maternidad nos atraviesa y nos define ya desde niñas, cuando cargamos una muñeca y jugamos a cuidarla. Nos atraviesa tengamos hijos o no. Por convicción o por condición. Porque decidir no tener hijos es tan válido como gestarlos o adoptarlos. Aquí no hay ley.

La maternidad atraviesa alterando el ritmo de las horas, modificando la música de los días, cambiando el olor a tu alrededor.

La maternidad atraviesa, cala profundo y deja huella.

Tenía yo 26 años, era de noche y mi universo cambiaba su centro. Cuando tuve por primera vez en brazos a mi hijo y vi sus ojitos nublados detenerse sobre los míos, otra vez esa palabra retumbó en mi cabeza con un eco ensordecedor. Atravesada por completo y para siempre, pensé. Sin importar cuál fuese el desenlace de esta pequeña vida que se hacía presente.

Atravesada por el dolor del trabajo de parto que rápidamente se transformó en alegría. Por las grietas enrojecidas y la entrega absoluta a una lactancia a demanda. Pero saciada y aliviada por la ternura de su corazoncito palpitando encima del mío.

Atravesada por el miedo de aquel cuerpo lábil a mi entero cuidado y dedicación. Atravesada y abrumada por la responsabilidad circundante de su supervivencia y desarrollo. Por la dicotomía más grande de mi existencia entre el amor infinito y un cansancio desgarrador.

Atravesada por la felicidad de verlo crecer y descubrir el sonido de su voz diciéndome “mamá”.

Atravesada sin opción y plenamente enamorada.

Y cuando creí que ahí se consolidaba el sentimiento, nació ella, abriendo mi horizonte y ampliando la definición de maternidad y familia. Sin alternativa, fui atravesada una vez más y la rueda volvió a girar.

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