A veces extraño

A veces extraño… y a veces también.

Según su definición, extrañar: a veces como la sensación de sentir la novedad de algo o hay veces como la de echar de menos.

Extraño de día y de noche.

Extraño por extrañar y a veces para no olvidar.

Extraño por un ratito… o para siempre.

Extraño profundo.

Extraño atenta, pero a veces te extraño sin darme cuenta.

Extraño porque sí… o porque no.

Extraño nostálgica… o para recordarte feliz.

Extraño desde los huesos… y sobre la piel.

Extraño como verbo y como adjetivo.

Yo extraño

Él extraña

Nosotros extrañamos

Ellos extrañan

¿Tú me extrañas?

El vos y el vosotros me los guardo como recuerdo de palabras que tanto anhelo.

Extrañar sin más… o por menos.

Extrañar tu mirada, tu presencia y tu ausencia.

Extrañar al estirar mi brazo en la noche y darme cuenta del abismo.

Extrañar por echar de menos… y sentir la falta.

Extrañar… y esto no es nuevo.

Felices los Siete

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Siete son los días de la semana. Siete los pecados capitales. También siete las maravillas del mundo y los colores del arco iris. Siete son los enanitos de Blancanieves y las cartas para hacer una canasta. Siete son los años de mala suerte si rompes un espejo. Y ya son siete los años que llevamos diciéndole a México nuestro hogar.

Un día de noviembre de 2009 aterrizamos en el hemisferio norte sin tener muy claro por cuánto tiempo nos quedaríamos, sin embargo, yo quise convencerme de que serían dos años. Éramos cuatro, cada uno con emociones diferentes. Mi marido, el más aterrado, sintiéndose responsable de esta loca aventura de comenzar un camino incierto. Mi hijo de cinco años, sin comprender demasiado se dejaba llevar por el entusiasmo de un perro prometido, que llegó más tarde que temprano. Mi hija de dos años, todavía sin saber hablar, cargaba una mochila de pequeños objetos que le harían recordar sus raíces (o más bien las nuestras, las de sus papás). Y yo, con la certeza del quiebre en mi mundo y las lágrimas sin control que caían aún con mis ojos cerrados, en total silencio me rendía al destino que estábamos creando.

Lejos de ser un camino llano, fueron siete años en los que escalamos montañas y de a ratos descansamos en mesetas, a veces más áridas de lo que esperábamos. Pero siempre con la convicción de que nadie está donde no tiene que estar. Así que sorteamos la tristeza de las distancias más duras, resignificando los conceptos de tiempo, de muerte, de celebraciones, de despedidas y de cuán lejos es estar lejos. En todo este universo nuevo, comprendimos que para “estar” con el otro no es necesario tocarse, sino sentirse y que la distancia no son los kilómetros que nos separan, si no el tiempo que no nos pensamos.

Siete son las vidas de los gatos, siete las notas musicales y siete los mares de este planeta. Y ya son siete los inviernos en diciembre y las primaveras de abril.

Cuando optamos por resumir nuestra vida a unas cuántas maletas y comenzar de nuevo en otro lugar, decidimos hacer del mundo un lugar más pequeño, más cotidiano, derribando los límites ilusorios del espacio, del idioma y de la cultura. Abrirles el mapa a nuestros hijos, recordándoles siempre el lugar en donde nacieron y regresándolos a él cada vez que podemos. A veces viajando y a veces contándoles historias.

Recorrimos parte de este país tan fascinante, viajamos, extrañamos, lloramos, reímos, nos enchilamos, disfrutamos y crecimos (en todo sentido), y en el momento en el que creímos que el cambio era inminente, que nuestro siguiente paso era desembarcar en nuestras mañanas de dulce de leche, la brújula dio un giro y apuntó al otro lado del Trópico de Cáncer. Así es que, hace cuatro meses vivimos en Monterrey, en el norte de este México lindo. Rodeados de montañas, de gente desconocida y de nuevos hábitos. Despojados otra vez de los brazos conocidos, de los anclajes y del confort de lo cotidiano. Saltamos nuevamente al vacío, con la gran fortuna de tomarnos de las manos, mirarnos a los ojos y saber que, si estamos juntos todo está bien.

Siete años, siete vidas, siete colores, siete notas. Felices los 7.

Un atardecer para cada día

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Lo más difícil de vivir fuera de mi país es la distancia física con mi familia. Hay un algo en la convivencia cotidiana, que ni Skype, ni FaceTime, ni el teléfono han podido reemplazar. Esos silencios y esa presencia llena de miradas calmadas que sólo experimento cuando compartimos el mismo espacio, ya sea aquí en México o allí en Mi Buenos Aires.

Diciembre sin familia es un mes extraño. Por fortuna mi hermana y mi cuñado decidieron venir a visitarnos y pasar las fiestas de este lado del hemisferio. Disfrutamos una Navidad fresca en la Ciudad de México, y un Año Nuevo cálido en la Riviera Nayarit.

El camino de Ciudad de México hasta Nuevo Vallarta lo hicimos en camioneta. Cuatro adultos, dos niños y diez horas en la carretera dentro de un vehículo en dónde había sólo dos boletos de primera clase. El de la tercera fila, porque permitía recostarse y dormir cómodamente, y el del acompañante con espacio para estirar mejor las piernas. El resto hizo lo que pudo con las extremidades para que llegasen en condiciones suficientes para volver a utilizarlas.

Pasadas las cuatro de la tarde, llegamos al departamento que rentamos para pasar poco más de una semana en familia. Justo a tiempo para descargar las maletas y esperar la puesta del sol en la playa. De pantalones largos nos apresuramos a llegar al mar. Los subimos un poco para no mojarlos y empezamos a gozar. El invierno en el pacífico tiene el encanto de los atardeceres a las seis de la tarde. A esa hora puedo sentarme sin prisa y ver hasta el último reflejo del sol en el cielo antes de convertirse en oscuridad.

Mientras la luz del día se iba enfriando, veía a mis hijos mojarse como si llevasen puestos sus trajes de baño. Ese primer día, sentada junto a mi hermana en una reposera, me estremecí viendo la primera de nueve ininterrumpidas puestas de sol. La costa oeste mexicana no tendrá la gama de azules del caribe, pero tiene tanto encanto como el paraíso. Tiene algo que disfruto mucho más, un atardecer para cada día.

El mar me mojó poco y nada, es que convivir con animales tales como mantas rayas a pocos centímetros de mí, no es lo que más disfruto. Sin embargo me divertía viendo cómo ellas surfeaban las olas muy cerquita de mis hijos, de mi marido y de mi cuñado a quienes parecía no importarles. Seguro ellas se divirtieron más conmigo mientras me veían correr dentro del agua, espantada pensando que eran tiburones.

Una de esas tardes, miré a mi hermana y le dije: «son las cinco y media», y como cuando mi mamá nos decía: «son las diez de la noche», y nosotras sin discusión nos íbamos a dormir, con esa misma disposición, nos levantamos imitando viejos tiempos y emprendimos una caminata por la orilla del mar. Entre pisadas húmedas, espuma de mar y un horizonte prendido fuego, el tiempo jugaba conmigo y yo sólo escuchaba sus risas mientras pensaba que los años son del calendario, no del corazón. No importaba cuánto hacía que no disfrutábamos juntas así, porque en el fondo, ella está conmigo siempre, sin interesar en dónde esté.

Entre desayunos, almuerzos, cenas, fuegos artificiales, caminatas por la arena, juegos, charlas y mucho más, pasamos unas lindas vacaciones. Nueve días, nueve ocasos, cuatro adultos, dos niños, una familia, muchas risas y mucho amor. Por esto y más, Nuevo Vallarta será para mí, siempre sinónimo de unión.

Una que pique poquito

México se puede conocer a través de su diversidad geográfica, de su arqueología milenaria y también por su gastronomía. Con sus elementos básicos como el maíz, el frijol y el chile crean cientos de platos con sabor inigualable, no en vano la UNESCO  declaró la comida mexicana como Patrimonio Intangible de la Humanidad en 2010. De norte a sur y de este a oeste la cocina mexicana deleita y enamora. Claro, si sos inmune al rigor del picante.

¿Te han dicho alguna vez “pica poquito”? A mí sí, muchas veces, y ya no lo creo. Sin embargo exploré las tradiciones culinarias de este hermoso país y comencé a probar comidas típicas. En ese camino de exploración de sabores, aprendí lo elemental en pocos días. Por ejemplo que si en el nombre está la palabra “chile”, entonces “pica”, seguro pica. Aunque te quieran convencer de lo contrario. Si bien es cierto que hay diferentes grados de “picor”, cuando tu boca no está acostumbrada al picante, no importa si usaron chile habanero o poblano, lo más seguro es que la pases mal, muy mal. Y aprendí también que para el mexicano si no pica, no sabe.

Luego de varios meses de vivir aquí y de superar el trauma de la discriminación (porque soy la que “no come chile”), mi marido y yo consideramos que era momento de invitar a algunos amigos mexicanos a comer a la casa. Nos esmeramos mucho en preparar algunas de las cosas que nos da orgullo de nuestra cocina argentina. Cocinamos los mejores cortes de carne que conseguimos, preparamos chimichurri, salsa criolla y ensaladas.

En un día soleado, la mesa estaba puesta en el jardín y la casa olía a humo y a grasa derritiéndose en las brasas. Cuando estábamos todos sentados, listos para dar el primer bocado a la tira de asado, surgieron dos preguntas que no esperábamos: ¿Hay tortillas (de maíz)?, ¿Tienes alguna salsa que pique? No sé quiénes se sintieron más defraudados en ese momento, si ellos o nosotros.

Con el tiempo logramos fusionar nuestros gustos y nuestra forma de preparar la comida. Modifiqué recetas de la cocina mexicana para que no picasen y de la argentina para que sepan un poquito a éste México querido. Y ahora, cada vez que invitamos a comer en casa, ya no se me olvida preparar las salsas. Una que pique  y una que pique poquito (porque a pesar de mi resistencia, con los años también aprendí a tolerar un poco el picante y además, a disfrutarlo). ¡Buen Provecho!

México en la piel

Hace poco más de 5 años que decidimos mudarnos a la Ciudad de México. Una propuesta laboral interesante y las ganas de probar nuevas experiencias nos trajeron a la tierra de los Aztecas. Así en noviembre de 2009, mi marido, mis hijos de 5 y 2 años, yo y 9 maletas llegamos al aeropuerto Benito Juárez con la ilusión de escribir nuevos capítulos en nuestro libro de vida.

Los primeros meses no fueron fáciles. Extrañaba todo: mi familia, mis amigos, la comida sin chile. El olor a pan tostado en las mañanas (aquí huelen a maíz en el fuego). Las risas conocidas, la certeza del hogar de mis papás. Extrañaba hasta las estaciones del año (mi cuerpo y mi cabeza no se acostumbraban al cambio de hemisferio).

México me resultaba extraño pero a la vez fascinante. Su cultura, sus colores, sus aromas, su gente. La comida me sabía tan ajena que me hizo investigar más en cada plato, con cada nuevo sabor.

Poco a poco lo desconocido se fue haciendo cotidiano. Mis hijos comenzaban a hablar de y a pedirme chile para sus comidas. Dejé de llorar cada vez que los oía cantar el himno mexicano en el colegio. Suavicé mi acento e incorporé decenas de palabras nuevas a mi español. Hicimos amigos, recorrimos pueblitos mágicos. Nos empapamos de su cultura hasta hacerla casi propia. Bajé la guardia y empecé a amar los brazos de este país que abiertamente y sin prejuicios nos acogió.

Es imposible no enamorarse de sus calles, de sus mercados, de sus sabores, de su historia y de su gente. Si pasas un tiempo aquí (así, de tú), es seguro que te quedas con México en la piel.