A veces extraño

A veces extraño… y a veces también.

Según su definición, extrañar: a veces como la sensación de sentir la novedad de algo o hay veces como la de echar de menos.

Extraño de día y de noche.

Extraño por extrañar y a veces para no olvidar.

Extraño por un ratito… o para siempre.

Extraño profundo.

Extraño atenta, pero a veces te extraño sin darme cuenta.

Extraño porque sí… o porque no.

Extraño nostálgica… o para recordarte feliz.

Extraño desde los huesos… y sobre la piel.

Extraño como verbo y como adjetivo.

Yo extraño

Él extraña

Nosotros extrañamos

Ellos extrañan

¿Tú me extrañas?

El vos y el vosotros me los guardo como recuerdo de palabras que tanto anhelo.

Extrañar sin más… o por menos.

Extrañar tu mirada, tu presencia y tu ausencia.

Extrañar al estirar mi brazo en la noche y darme cuenta del abismo.

Extrañar por echar de menos… y sentir la falta.

Extrañar… y esto no es nuevo.

Vámonos, que los huevos los rompemos en Buenos Aires

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Metamos todo en las maletas, ropa, zapatos, trajes de baño (por si marzo nos concede todavía calor), los regalos que venimos acumulando desde hace meses, las cosas para heredar a los primos, los mil y un encargos de la familia, y por favor no nos olvidemos del repelente para mosquitos, que el Dengue, el Zika, la Chikunguya y el Miedo, están listos para atacar.

Vámonos, que los huevos los rompemos en Buenos Aires, porque a falta de Navidad en mi ciudad natal, tenemos las Pascuas para celebrar con la familia completa. Y aunque ya del sacrificio de no comer carne en Viernes Santo poco queda, siempre tenemos una excusa para juntarnos y recordar por qué nos gusta tanto volver.

Me gusta la Buenos Aires que está más allá de su política, de sus diferencias y de su inflación. Amo la Buenos Aires que me abraza y me golpea apenas pongo un pie en ella. Me enamora la ciudad que una vez mis bisabuelos, tal vez sin mucha opción, eligieron para desembarcar. La del Río de la Plata, la de Gardel y el Tango (aunque no lo sepa bailar). La que se viste de morado en primavera y se desnuda en otoño. La gélida del invierno y la asfixiante del verano. La de atardeceres de madrugada y una humedad que te cala. La de mis hijos y la de mis papás.

Vámonos que ya tengo hasta la maleta de mano lista. Y aunque cada vez logro optimizarla más, con ella podríamos sobrevivir unos cuántos días varados en algún aeropuerto. Será que quedé traumada con Tom Hanks en La Terminal, pero desprevenida seguro no me agarran.

Una vez allá, la dinámica se repite año a año. La peregrinación constante para abrazar a la familia y amigos, la ingesta exagerada de harinas en todas sus formas, las caminatas por las calles de mi infancia, la visita casi diaria a la heladería. La excursión obligatoria al Barrio Chino, las miradas sostenidas, la sensación indescriptible al ver cómo crecieron los más pequeños. La nostalgia a flor de piel. Todo comprimido en pocos días, casi rutinario vez con vez, pero sin un vestigio de aburrimiento, sólo disfrute.

Vámonos, que en esta travesía que es la vida, muchos lugares del mundo pueden ser hogar, pero como el sitio en donde crecemos no hay.

Porque emigran las aves, los mamíferos, los peces. Emigramos nosotros. Adoptamos otras culturas, a veces nos mimetizamos, a veces nos destacamos. Crecemos, lloramos, nos adaptamos, nos reagrupamos, nos desarrollamos, pero nunca dejamos de sentir el lazo inquebrantable con nuestra tierra, con nuestras raíces, con nuestra gente.

Y cuando los días del calendario de este viaje se hayan terminado, armaremos maletas nuevamente, repletas de dulce de leche, de galletas y de nuevos recuerdos. Que defenderemos a capa y espada para que duren hasta la próxima vuelta.

Vámonos, que tengo ganas de nivel cero, el del mar y el de extrañar.