Una que pique poquito

México se puede conocer a través de su diversidad geográfica, de su arqueología milenaria y también por su gastronomía. Con sus elementos básicos como el maíz, el frijol y el chile crean cientos de platos con sabor inigualable, no en vano la UNESCO  declaró la comida mexicana como Patrimonio Intangible de la Humanidad en 2010. De norte a sur y de este a oeste la cocina mexicana deleita y enamora. Claro, si sos inmune al rigor del picante.

¿Te han dicho alguna vez “pica poquito”? A mí sí, muchas veces, y ya no lo creo. Sin embargo exploré las tradiciones culinarias de este hermoso país y comencé a probar comidas típicas. En ese camino de exploración de sabores, aprendí lo elemental en pocos días. Por ejemplo que si en el nombre está la palabra “chile”, entonces “pica”, seguro pica. Aunque te quieran convencer de lo contrario. Si bien es cierto que hay diferentes grados de “picor”, cuando tu boca no está acostumbrada al picante, no importa si usaron chile habanero o poblano, lo más seguro es que la pases mal, muy mal. Y aprendí también que para el mexicano si no pica, no sabe.

Luego de varios meses de vivir aquí y de superar el trauma de la discriminación (porque soy la que “no come chile”), mi marido y yo consideramos que era momento de invitar a algunos amigos mexicanos a comer a la casa. Nos esmeramos mucho en preparar algunas de las cosas que nos da orgullo de nuestra cocina argentina. Cocinamos los mejores cortes de carne que conseguimos, preparamos chimichurri, salsa criolla y ensaladas.

En un día soleado, la mesa estaba puesta en el jardín y la casa olía a humo y a grasa derritiéndose en las brasas. Cuando estábamos todos sentados, listos para dar el primer bocado a la tira de asado, surgieron dos preguntas que no esperábamos: ¿Hay tortillas (de maíz)?, ¿Tienes alguna salsa que pique? No sé quiénes se sintieron más defraudados en ese momento, si ellos o nosotros.

Con el tiempo logramos fusionar nuestros gustos y nuestra forma de preparar la comida. Modifiqué recetas de la cocina mexicana para que no picasen y de la argentina para que sepan un poquito a éste México querido. Y ahora, cada vez que invitamos a comer en casa, ya no se me olvida preparar las salsas. Una que pique  y una que pique poquito (porque a pesar de mi resistencia, con los años también aprendí a tolerar un poco el picante y además, a disfrutarlo). ¡Buen Provecho!

México en la piel

Hace poco más de 5 años que decidimos mudarnos a la Ciudad de México. Una propuesta laboral interesante y las ganas de probar nuevas experiencias nos trajeron a la tierra de los Aztecas. Así en noviembre de 2009, mi marido, mis hijos de 5 y 2 años, yo y 9 maletas llegamos al aeropuerto Benito Juárez con la ilusión de escribir nuevos capítulos en nuestro libro de vida.

Los primeros meses no fueron fáciles. Extrañaba todo: mi familia, mis amigos, la comida sin chile. El olor a pan tostado en las mañanas (aquí huelen a maíz en el fuego). Las risas conocidas, la certeza del hogar de mis papás. Extrañaba hasta las estaciones del año (mi cuerpo y mi cabeza no se acostumbraban al cambio de hemisferio).

México me resultaba extraño pero a la vez fascinante. Su cultura, sus colores, sus aromas, su gente. La comida me sabía tan ajena que me hizo investigar más en cada plato, con cada nuevo sabor.

Poco a poco lo desconocido se fue haciendo cotidiano. Mis hijos comenzaban a hablar de y a pedirme chile para sus comidas. Dejé de llorar cada vez que los oía cantar el himno mexicano en el colegio. Suavicé mi acento e incorporé decenas de palabras nuevas a mi español. Hicimos amigos, recorrimos pueblitos mágicos. Nos empapamos de su cultura hasta hacerla casi propia. Bajé la guardia y empecé a amar los brazos de este país que abiertamente y sin prejuicios nos acogió.

Es imposible no enamorarse de sus calles, de sus mercados, de sus sabores, de su historia y de su gente. Si pasas un tiempo aquí (así, de tú), es seguro que te quedas con México en la piel.