Mesa para 16

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Es por las historias de mi abuela, aunque también por las de mi mamá, que tengo debilidad por las reuniones familiares abundantes.

Mi abuela materna tenía siete hermanos. Con ella y sus padres sumaban diez. Hijos de inmigrantes italianos, traían consigo el hábito de las tertulias parentales mediadas por el deleite de las tradiciones.

Mi madre cuenta, con una añoranza casi de olvido, lo divertido de cada reunión en las que coincidían la mayoría alrededor de una gran mesa. Las discusiones acaloradas de los hermanos, los juegos entre primos. Las travesuras, los abrazos, la sensación de sentirse abrigados bajo el ala de la familia sin importar las diferencias, o al menos intentando que ellas no interfirieran demasiado en la convivencia.

Los cambios de la vida moderna transformaron esos encuentros multitudinarios cotidianos, en eventos esporádicos, llegando casi a desaparecer. Sin embargo, esa imagen de la mesa larga, inmensa, construida en mi cabeza, se quedó aferrada en el recuerdo. Tal vez por eso es que siempre he incitado a los míos a juntarnos en grande. Solíamos hacerlo con más frecuencia, pero otra vez las nuevas costumbres reordenaron el caos externo a su entender y ahora resultan ocasionales esas reuniones en donde todos coincidimos en el mismo espacio.

Y aunque a veces son la única alternativa, los encuentros de a ratitos me saben a poco, es como llegar a la orilla del mar y no mojarse más allá de los tobillos. Motivada por esta sensación de “sin sabor”, le propuse a mi familia zambullirnos a la convivencia cruda de cinco días, con la fortuna de ser bien recibida la oferta. Así que, en julio, con la excusa de nuestra visita a Buenos Aires, organizamos una especie de “retiro espiritual” familiar. Nos llevó varias semanas encontrar la casa adecuada para albergar todas nuestras expectativas, pero lo logramos.

Si bien aquello se pareció más al campamento de Luis Pescetti que a un retiro espiritual en un lugar paradisíaco, fueron días de encuentros con lo cotidiano, con las costumbres propias, ajenas, conocidas y adoptadas. De intercambio de canciones infantiles, de besos y abrazos a deshoras. De aprender a ver miradas nuevas. Cinco días de convergencias en pijamas, con lagañas y marañas en la cabeza. De tomar las diminutas manos de mis sobrinos mientras exploramos los charcos de lodo. Días de ganar la confianza del más pequeño y de reírnos a carcajadas por pavadas. De enfrentarnos a las emociones y a las diferencias para aprender a sortearlas justo antes de ser vencidos. De cuidarnos unos a otros, de agasajarnos a la hora de la comida. Días de lavar pilas de platos y vasos con una organización cuasi establecida. De ordenar y desordenar. De tender y destender. De sacudirnos el barro y seguir caminando. De jugar sin parar. Días de frío, lluvias y madera ardiendo sin parar. De caminos de tierra difíciles de pasar. Pero sobre todo días de contemplación entre tres generaciones de amor, de una gran familia ensamblada y en miras de ampliación.

Es probable que no logremos completar la tabla súper extensa de las historias de mi abuela y mi madre, pero no es de desmerecer el estupor al solicitar mesa para 16.

Hay 7 lugares a los que jamás volvería

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No volvería al mar de dudas que golpeaba incesantemente mi orilla por ignorar quién soy y qué quiero. Y aunque no son muchas mis certezas, me gusta navegar en la tranquilidad de no saber dónde culmino.

No volvería al desierto indómito de un corazón sin amar, porque ante todo estamos nosotros habitando allí con el propósito mayor de autoejecutar el verbo.

No volvería a la gélida mirada acusatoria del espejo, que sólo produce desamparo. Prefiero el lugar tibio de tu mirada de ojos ávidos de encuentro.

No volvería al safari atroz de tus pensamientos tormentosos. Sobre todo, por la lucha estéril de una victoria efímera y amorfa.

No volvería al laberinto indescifrable de mis miedos sin sentido que florecen en las noches y se ocultan descaradamente de la luz del día.

No volvería al monumento endeble de un orgullo hueco brillando anacrónicamente por un logro en desuso.

Y tampoco volvería a la jungla reseca de mi desgano aleatorio, mal fundado en la desidia de los que sólo creen en el destino fortuito de una vida obstinada.

Prefiero retirarme al descanso de mis pasos sorprendidos caminando en la incertidumbre colmada de encuentros y desencuentros azarosos.

Pero si pese a mi voluntad expresa, alguna vez naufragara en esas tierras y allí me encontraras, disfrutaría en el aplomo de saber que estarás siempre a mi lado.

A veces extraño

A veces extraño… y a veces también.

Según su definición, extrañar: a veces como la sensación de sentir la novedad de algo o hay veces como la de echar de menos.

Extraño de día y de noche.

Extraño por extrañar y a veces para no olvidar.

Extraño por un ratito… o para siempre.

Extraño profundo.

Extraño atenta, pero a veces te extraño sin darme cuenta.

Extraño porque sí… o porque no.

Extraño nostálgica… o para recordarte feliz.

Extraño desde los huesos… y sobre la piel.

Extraño como verbo y como adjetivo.

Yo extraño

Él extraña

Nosotros extrañamos

Ellos extrañan

¿Tú me extrañas?

El vos y el vosotros me los guardo como recuerdo de palabras que tanto anhelo.

Extrañar sin más… o por menos.

Extrañar tu mirada, tu presencia y tu ausencia.

Extrañar al estirar mi brazo en la noche y darme cuenta del abismo.

Extrañar por echar de menos… y sentir la falta.

Extrañar… y esto no es nuevo.

Versalles, los placeres de la Isla Encantada

 

image1A principios del 1600, el rey Luis XIII construyó el primer palacete de Versalles, a unos 20 kilómetros de París, en una zona pantanosa y forestal. Este palacete le servía de refugio para alejarse de los ojos de su madre y recrearse mientras cazaba. Sin embargo, fue su hijo, el rey Luis XIV quién encargó las ampliaciones del Palacio e hizo que éste tomara las dimensiones con las que hoy se lo conoce.

En 1682, el Rey Sol, motivado por el miedo a un levantamiento del pueblo, como había ocurrido durante la regencia de su madre en la Fronda de los Príncipes (1648-1653) se alejó de París y llevó todo el poder a Versalles, alojando allí a sus nobles, su corte y sus mujeres. Ordenó el diseño de los jardines, poco después de ser nombrado rey de Francia, a André Le Nôtre (jardinero real, quien impuso el estilo del jardín francés). Este proyecto duró hasta el fin de su reinado.

Los Jardines de Versalles, con sus estanques, estatuas de mármol, fuentes y el Gran Canal, tienen una extensión de más de 800 hectáreas, por lo que es casi imposible recorrerlo todo de una vez, pero vale la pena dedicar un día completo para la exploración y el deleite de las vistas y cada uno de sus detalles.

Torre Eiffel, París

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Durante su construcción, la torre Eiffel fue muy criticada por los artistas locales, catalogándola de “monstruosa” y “esqueleto gigante falto de gracia”, entre otros calificativos despectivos. Sin embargo, Gustave Eiffel (su diseñador) creía fervientemente en su proyecto y lo defendió. Así fue que luego de más de dos años de trabajo, la torre fue inaugurada en 1889 para la Feria Mundial de la Exposición Universal, conmemorando el centenario de la Revolución Francesa.

Inicialmente la torre fue creada para existir 20 años, pero Gustave Eiffel ideó un plan para utilizarla de laboratorio científico y así extender su vida. Tan sólo un día después de la inauguración, instaló un laboratorio meteorológico en la tercera planta que dio comienzo a una serie experimentos que se llevaron a cabo en la torre, convirtiéndola en el gran ícono de la ciudad.

La torre Eiffel es el monumento de pago más visitado del mundo, con casi 7 millones de visitantes al año.

Inicialmente la torre era de color cobrizo y luego de una década fue pintada de amarillo, pero con el correr de los años la fueron oscureciendo hasta llegar a la tonalidad marrón de hoy. Para su conservación, la torre es pintada aproximadamente cada 7 años y aunque parezca de color uniforme, tiene 3 tonalidades que van degradándose para acentuar el punto de fuga.

Para dar comienzo al nuevo siglo, el 31 de diciembre de 1999 se iluminaron 20.000 bombillos, que desde entonces centellean durante 5 minutos, cada comienzo de hora, desde la puesta de sol hasta la 1 am.

La torre Eiffel es uno de los monumentos más conocidos y más imitados del mundo. No podría explicar bien a qué se debe el magnetismo, pero una vez cerca de ella, te cautiva y te enamora.

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Acueducto de Segovia, España

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El Acueducto de Segovia (España), fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1985.
Ha sido construido por los romanos a principios del siglo II para transportar agua desde la sierra de Guadarrama hasta la ciudad de Segovia (tiene aproximadamente 16km de recorrido). Sin embargo, cuenta la leyenda que una muchacha aguadora de Segovia, cansada de caminar para recoger agua y llevarla hasta la casa que servía, gritó al cielo que daría cualquier cosa para que el agua llegara sola a las puertas de la ciudad. En ese momento, se le apareció el Diablo e hizo un pacto con él. Le daría su alma si hacía llegar el agua hasta la casa antes del amanecer. El Diablo trabajó duro toda la noche pero una terrible tormenta impidió que colocara la última piedra antes del primer rayo del sol. Así, la ciudad ganó un acueducto y la muchacha se salvó de entregar su alma.

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Plaza Mayor, Madrid

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En el siglo XV, la Plaza Mayor (Madrid), conocida en ese entonces como la Plaza del Arrabal, era un mercado marginal y sin orden que se montó sobre una laguna desecada.

A mediados del siglo XVI Madrid se convirtió en la capital del imperio de Felipe II y para fines de siglo éste ordenó dar a la Plaza Mayor la solemnidad que necesitaba, ya que comenzaba a ser escenario de los acontecimientos comerciales, culturales y políticos de la época. Ordenando así, la construcción de los edificios.
A lo largo de su existencia, la Plaza Mayor sufrió 3 grandes incendios (1631, 1672 y 1790), los cuales obligaron a cambiarle su fisionomía. El último incendió arrasó con casi la totalidad de la Plaza y su reconstrucción se prolongó hasta 1854.

La estatua de Felipe III fue un regalo del Gran Duque de Toscana, construida en Florencia. Llegó a Madrid en 1616. Desde entonces tuvo varios destinos, hasta que en 1848 llega a la Plaza Mayor. Sin embargo en varias ocasiones la han cambiado de sitio para evitar atentados o daños.
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Felices los Siete

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Siete son los días de la semana. Siete los pecados capitales. También siete las maravillas del mundo y los colores del arco iris. Siete son los enanitos de Blancanieves y las cartas para hacer una canasta. Siete son los años de mala suerte si rompes un espejo. Y ya son siete los años que llevamos diciéndole a México nuestro hogar.

Un día de noviembre de 2009 aterrizamos en el hemisferio norte sin tener muy claro por cuánto tiempo nos quedaríamos, sin embargo, yo quise convencerme de que serían dos años. Éramos cuatro, cada uno con emociones diferentes. Mi marido, el más aterrado, sintiéndose responsable de esta loca aventura de comenzar un camino incierto. Mi hijo de cinco años, sin comprender demasiado se dejaba llevar por el entusiasmo de un perro prometido, que llegó más tarde que temprano. Mi hija de dos años, todavía sin saber hablar, cargaba una mochila de pequeños objetos que le harían recordar sus raíces (o más bien las nuestras, las de sus papás). Y yo, con la certeza del quiebre en mi mundo y las lágrimas sin control que caían aún con mis ojos cerrados, en total silencio me rendía al destino que estábamos creando.

Lejos de ser un camino llano, fueron siete años en los que escalamos montañas y de a ratos descansamos en mesetas, a veces más áridas de lo que esperábamos. Pero siempre con la convicción de que nadie está donde no tiene que estar. Así que sorteamos la tristeza de las distancias más duras, resignificando los conceptos de tiempo, de muerte, de celebraciones, de despedidas y de cuán lejos es estar lejos. En todo este universo nuevo, comprendimos que para “estar” con el otro no es necesario tocarse, sino sentirse y que la distancia no son los kilómetros que nos separan, si no el tiempo que no nos pensamos.

Siete son las vidas de los gatos, siete las notas musicales y siete los mares de este planeta. Y ya son siete los inviernos en diciembre y las primaveras de abril.

Cuando optamos por resumir nuestra vida a unas cuántas maletas y comenzar de nuevo en otro lugar, decidimos hacer del mundo un lugar más pequeño, más cotidiano, derribando los límites ilusorios del espacio, del idioma y de la cultura. Abrirles el mapa a nuestros hijos, recordándoles siempre el lugar en donde nacieron y regresándolos a él cada vez que podemos. A veces viajando y a veces contándoles historias.

Recorrimos parte de este país tan fascinante, viajamos, extrañamos, lloramos, reímos, nos enchilamos, disfrutamos y crecimos (en todo sentido), y en el momento en el que creímos que el cambio era inminente, que nuestro siguiente paso era desembarcar en nuestras mañanas de dulce de leche, la brújula dio un giro y apuntó al otro lado del Trópico de Cáncer. Así es que, hace cuatro meses vivimos en Monterrey, en el norte de este México lindo. Rodeados de montañas, de gente desconocida y de nuevos hábitos. Despojados otra vez de los brazos conocidos, de los anclajes y del confort de lo cotidiano. Saltamos nuevamente al vacío, con la gran fortuna de tomarnos de las manos, mirarnos a los ojos y saber que, si estamos juntos todo está bien.

Siete años, siete vidas, siete colores, siete notas. Felices los 7.

Vámonos, que los huevos los rompemos en Buenos Aires

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Metamos todo en las maletas, ropa, zapatos, trajes de baño (por si marzo nos concede todavía calor), los regalos que venimos acumulando desde hace meses, las cosas para heredar a los primos, los mil y un encargos de la familia, y por favor no nos olvidemos del repelente para mosquitos, que el Dengue, el Zika, la Chikunguya y el Miedo, están listos para atacar.

Vámonos, que los huevos los rompemos en Buenos Aires, porque a falta de Navidad en mi ciudad natal, tenemos las Pascuas para celebrar con la familia completa. Y aunque ya del sacrificio de no comer carne en Viernes Santo poco queda, siempre tenemos una excusa para juntarnos y recordar por qué nos gusta tanto volver.

Me gusta la Buenos Aires que está más allá de su política, de sus diferencias y de su inflación. Amo la Buenos Aires que me abraza y me golpea apenas pongo un pie en ella. Me enamora la ciudad que una vez mis bisabuelos, tal vez sin mucha opción, eligieron para desembarcar. La del Río de la Plata, la de Gardel y el Tango (aunque no lo sepa bailar). La que se viste de morado en primavera y se desnuda en otoño. La gélida del invierno y la asfixiante del verano. La de atardeceres de madrugada y una humedad que te cala. La de mis hijos y la de mis papás.

Vámonos que ya tengo hasta la maleta de mano lista. Y aunque cada vez logro optimizarla más, con ella podríamos sobrevivir unos cuántos días varados en algún aeropuerto. Será que quedé traumada con Tom Hanks en La Terminal, pero desprevenida seguro no me agarran.

Una vez allá, la dinámica se repite año a año. La peregrinación constante para abrazar a la familia y amigos, la ingesta exagerada de harinas en todas sus formas, las caminatas por las calles de mi infancia, la visita casi diaria a la heladería. La excursión obligatoria al Barrio Chino, las miradas sostenidas, la sensación indescriptible al ver cómo crecieron los más pequeños. La nostalgia a flor de piel. Todo comprimido en pocos días, casi rutinario vez con vez, pero sin un vestigio de aburrimiento, sólo disfrute.

Vámonos, que en esta travesía que es la vida, muchos lugares del mundo pueden ser hogar, pero como el sitio en donde crecemos no hay.

Porque emigran las aves, los mamíferos, los peces. Emigramos nosotros. Adoptamos otras culturas, a veces nos mimetizamos, a veces nos destacamos. Crecemos, lloramos, nos adaptamos, nos reagrupamos, nos desarrollamos, pero nunca dejamos de sentir el lazo inquebrantable con nuestra tierra, con nuestras raíces, con nuestra gente.

Y cuando los días del calendario de este viaje se hayan terminado, armaremos maletas nuevamente, repletas de dulce de leche, de galletas y de nuevos recuerdos. Que defenderemos a capa y espada para que duren hasta la próxima vuelta.

Vámonos, que tengo ganas de nivel cero, el del mar y el de extrañar.

Un atardecer para cada día

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Lo más difícil de vivir fuera de mi país es la distancia física con mi familia. Hay un algo en la convivencia cotidiana, que ni Skype, ni FaceTime, ni el teléfono han podido reemplazar. Esos silencios y esa presencia llena de miradas calmadas que sólo experimento cuando compartimos el mismo espacio, ya sea aquí en México o allí en Mi Buenos Aires.

Diciembre sin familia es un mes extraño. Por fortuna mi hermana y mi cuñado decidieron venir a visitarnos y pasar las fiestas de este lado del hemisferio. Disfrutamos una Navidad fresca en la Ciudad de México, y un Año Nuevo cálido en la Riviera Nayarit.

El camino de Ciudad de México hasta Nuevo Vallarta lo hicimos en camioneta. Cuatro adultos, dos niños y diez horas en la carretera dentro de un vehículo en dónde había sólo dos boletos de primera clase. El de la tercera fila, porque permitía recostarse y dormir cómodamente, y el del acompañante con espacio para estirar mejor las piernas. El resto hizo lo que pudo con las extremidades para que llegasen en condiciones suficientes para volver a utilizarlas.

Pasadas las cuatro de la tarde, llegamos al departamento que rentamos para pasar poco más de una semana en familia. Justo a tiempo para descargar las maletas y esperar la puesta del sol en la playa. De pantalones largos nos apresuramos a llegar al mar. Los subimos un poco para no mojarlos y empezamos a gozar. El invierno en el pacífico tiene el encanto de los atardeceres a las seis de la tarde. A esa hora puedo sentarme sin prisa y ver hasta el último reflejo del sol en el cielo antes de convertirse en oscuridad.

Mientras la luz del día se iba enfriando, veía a mis hijos mojarse como si llevasen puestos sus trajes de baño. Ese primer día, sentada junto a mi hermana en una reposera, me estremecí viendo la primera de nueve ininterrumpidas puestas de sol. La costa oeste mexicana no tendrá la gama de azules del caribe, pero tiene tanto encanto como el paraíso. Tiene algo que disfruto mucho más, un atardecer para cada día.

El mar me mojó poco y nada, es que convivir con animales tales como mantas rayas a pocos centímetros de mí, no es lo que más disfruto. Sin embargo me divertía viendo cómo ellas surfeaban las olas muy cerquita de mis hijos, de mi marido y de mi cuñado a quienes parecía no importarles. Seguro ellas se divirtieron más conmigo mientras me veían correr dentro del agua, espantada pensando que eran tiburones.

Una de esas tardes, miré a mi hermana y le dije: «son las cinco y media», y como cuando mi mamá nos decía: «son las diez de la noche», y nosotras sin discusión nos íbamos a dormir, con esa misma disposición, nos levantamos imitando viejos tiempos y emprendimos una caminata por la orilla del mar. Entre pisadas húmedas, espuma de mar y un horizonte prendido fuego, el tiempo jugaba conmigo y yo sólo escuchaba sus risas mientras pensaba que los años son del calendario, no del corazón. No importaba cuánto hacía que no disfrutábamos juntas así, porque en el fondo, ella está conmigo siempre, sin interesar en dónde esté.

Entre desayunos, almuerzos, cenas, fuegos artificiales, caminatas por la arena, juegos, charlas y mucho más, pasamos unas lindas vacaciones. Nueve días, nueve ocasos, cuatro adultos, dos niños, una familia, muchas risas y mucho amor. Por esto y más, Nuevo Vallarta será para mí, siempre sinónimo de unión.

París, mucho más que clichés

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He viajado a través de la lectura, viendo televisión, escuchando relatos y algunas veces he tenido la fortuna de visitar personalmente lugares que he anhelado conocer. Paris era una ciudad que, por un lado me intrigaba, y por el otro, tenía la sensación de que era una ciudad ficticia, de novela romántica, sin mucho por ofrecer más que clichés. Sin embargo la intriga pudo más que el prejuicio y la incluimos en nuestra ruta de viaje. Así fuimos de Londres a París en tren, cruzando el canal de la mancha.

Si hablamos de una gripe, tres días pueden ser eternos, pero para conocer una ciudad no es gran cosa. Sabiendo esto nos propusimos “vivir la ciudad”, no desde su historia, si no desde su atmósfera. Como para apreciar bien un lugar lo mejor es caminar, el primer día, con calzado deportivo, nos adentramos a la avenida Campos Elíseos. Respiramos la tarde fría mientras veíamos el Arco del Triunfo y caminamos despacio pero sin pausa en dirección al Museo Louvre.

Con toda la intención esperamos a que pasase la hora de cierre (para no sentirnos tentados a entrar). Lo observamos desde afuera. Vimos el sol cayendo y reflejándose en la controversial pirámide. El día se hacía más frío pero caminar al borde del Sena me parecía la experiencia más romántica. Mientras el sol se escondía nos detuvimos en el Puente de las Artes, miramos largamente los candados y pensamos en las promesas de amor que encierran. Frente a ese río de torrente suave, del puente y de los candados recordé a Julio Cortázar. Al fin (y al principio también), la memoria la hacemos de historias que vivimos o que nos cuentan. Y en ese momento no supe separar la realidad de la ficción.

Con los pies cansados pero con el pecho hinchado de amor (por la ciudad y por nosotros), seguimos caminando en dirección a la Torre Eiffel. El viento helado nos golpeaba en la cara, pero el entusiasmo nos abrazaba. Mientras me acordaba de Cortázar, de Woody Allen y hasta de la Pantera Rosa, mi marido enumeraba sus referencias francesas en películas de ciencia ficción y las mil travesías de Astérix y Obélix. Y sí… cada uno lo vive cómo quiere.

París me enamoró intempestivamente. Sin aviso. De un golpe y sin permiso.

Con frío, sin visitar ni uno solo de sus museos, viendo la Catedral de Notre Dame desde la ventana mojada por la lluvia del restaurante de la esquina, sin sentarnos ni cinco minutos en la plaza a contemplar la Torre Eiffel, así y todo París nos caló hondo y nos dejó huella para siempre. Sin duda los prejuicios nos alejan de cosas que pueden ser maravillosas.

Podría contar sobre los jardines de Versalles, las vistas desde la cima de la Torre, la crèmebrulèe o la exorbitante venta de Baguettes en Montmartre, pero Paris se siente en el alma. A veces las palabras quedan cortas.

Una que pique poquito

México se puede conocer a través de su diversidad geográfica, de su arqueología milenaria y también por su gastronomía. Con sus elementos básicos como el maíz, el frijol y el chile crean cientos de platos con sabor inigualable, no en vano la UNESCO  declaró la comida mexicana como Patrimonio Intangible de la Humanidad en 2010. De norte a sur y de este a oeste la cocina mexicana deleita y enamora. Claro, si sos inmune al rigor del picante.

¿Te han dicho alguna vez “pica poquito”? A mí sí, muchas veces, y ya no lo creo. Sin embargo exploré las tradiciones culinarias de este hermoso país y comencé a probar comidas típicas. En ese camino de exploración de sabores, aprendí lo elemental en pocos días. Por ejemplo que si en el nombre está la palabra “chile”, entonces “pica”, seguro pica. Aunque te quieran convencer de lo contrario. Si bien es cierto que hay diferentes grados de “picor”, cuando tu boca no está acostumbrada al picante, no importa si usaron chile habanero o poblano, lo más seguro es que la pases mal, muy mal. Y aprendí también que para el mexicano si no pica, no sabe.

Luego de varios meses de vivir aquí y de superar el trauma de la discriminación (porque soy la que “no come chile”), mi marido y yo consideramos que era momento de invitar a algunos amigos mexicanos a comer a la casa. Nos esmeramos mucho en preparar algunas de las cosas que nos da orgullo de nuestra cocina argentina. Cocinamos los mejores cortes de carne que conseguimos, preparamos chimichurri, salsa criolla y ensaladas.

En un día soleado, la mesa estaba puesta en el jardín y la casa olía a humo y a grasa derritiéndose en las brasas. Cuando estábamos todos sentados, listos para dar el primer bocado a la tira de asado, surgieron dos preguntas que no esperábamos: ¿Hay tortillas (de maíz)?, ¿Tienes alguna salsa que pique? No sé quiénes se sintieron más defraudados en ese momento, si ellos o nosotros.

Con el tiempo logramos fusionar nuestros gustos y nuestra forma de preparar la comida. Modifiqué recetas de la cocina mexicana para que no picasen y de la argentina para que sepan un poquito a éste México querido. Y ahora, cada vez que invitamos a comer en casa, ya no se me olvida preparar las salsas. Una que pique  y una que pique poquito (porque a pesar de mi resistencia, con los años también aprendí a tolerar un poco el picante y además, a disfrutarlo). ¡Buen Provecho!

México en la piel

Hace poco más de 5 años que decidimos mudarnos a la Ciudad de México. Una propuesta laboral interesante y las ganas de probar nuevas experiencias nos trajeron a la tierra de los Aztecas. Así en noviembre de 2009, mi marido, mis hijos de 5 y 2 años, yo y 9 maletas llegamos al aeropuerto Benito Juárez con la ilusión de escribir nuevos capítulos en nuestro libro de vida.

Los primeros meses no fueron fáciles. Extrañaba todo: mi familia, mis amigos, la comida sin chile. El olor a pan tostado en las mañanas (aquí huelen a maíz en el fuego). Las risas conocidas, la certeza del hogar de mis papás. Extrañaba hasta las estaciones del año (mi cuerpo y mi cabeza no se acostumbraban al cambio de hemisferio).

México me resultaba extraño pero a la vez fascinante. Su cultura, sus colores, sus aromas, su gente. La comida me sabía tan ajena que me hizo investigar más en cada plato, con cada nuevo sabor.

Poco a poco lo desconocido se fue haciendo cotidiano. Mis hijos comenzaban a hablar de y a pedirme chile para sus comidas. Dejé de llorar cada vez que los oía cantar el himno mexicano en el colegio. Suavicé mi acento e incorporé decenas de palabras nuevas a mi español. Hicimos amigos, recorrimos pueblitos mágicos. Nos empapamos de su cultura hasta hacerla casi propia. Bajé la guardia y empecé a amar los brazos de este país que abiertamente y sin prejuicios nos acogió.

Es imposible no enamorarse de sus calles, de sus mercados, de sus sabores, de su historia y de su gente. Si pasas un tiempo aquí (así, de tú), es seguro que te quedas con México en la piel.