Mesa para 16

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Es por las historias de mi abuela, aunque también por las de mi mamá, que tengo debilidad por las reuniones familiares abundantes.

Mi abuela materna tenía siete hermanos. Con ella y sus padres sumaban diez. Hijos de inmigrantes italianos, traían consigo el hábito de las tertulias parentales mediadas por el deleite de las tradiciones.

Mi madre cuenta, con una añoranza casi de olvido, lo divertido de cada reunión en las que coincidían la mayoría alrededor de una gran mesa. Las discusiones acaloradas de los hermanos, los juegos entre primos. Las travesuras, los abrazos, la sensación de sentirse abrigados bajo el ala de la familia sin importar las diferencias, o al menos intentando que ellas no interfirieran demasiado en la convivencia.

Los cambios de la vida moderna transformaron esos encuentros multitudinarios cotidianos, en eventos esporádicos, llegando casi a desaparecer. Sin embargo, esa imagen de la mesa larga, inmensa, construida en mi cabeza, se quedó aferrada en el recuerdo. Tal vez por eso es que siempre he incitado a los míos a juntarnos en grande. Solíamos hacerlo con más frecuencia, pero otra vez las nuevas costumbres reordenaron el caos externo a su entender y ahora resultan ocasionales esas reuniones en donde todos coincidimos en el mismo espacio.

Y aunque a veces son la única alternativa, los encuentros de a ratitos me saben a poco, es como llegar a la orilla del mar y no mojarse más allá de los tobillos. Motivada por esta sensación de “sin sabor”, le propuse a mi familia zambullirnos a la convivencia cruda de cinco días, con la fortuna de ser bien recibida la oferta. Así que, en julio, con la excusa de nuestra visita a Buenos Aires, organizamos una especie de “retiro espiritual” familiar. Nos llevó varias semanas encontrar la casa adecuada para albergar todas nuestras expectativas, pero lo logramos.

Si bien aquello se pareció más al campamento de Luis Pescetti que a un retiro espiritual en un lugar paradisíaco, fueron días de encuentros con lo cotidiano, con las costumbres propias, ajenas, conocidas y adoptadas. De intercambio de canciones infantiles, de besos y abrazos a deshoras. De aprender a ver miradas nuevas. Cinco días de convergencias en pijamas, con lagañas y marañas en la cabeza. De tomar las diminutas manos de mis sobrinos mientras exploramos los charcos de lodo. Días de ganar la confianza del más pequeño y de reírnos a carcajadas por pavadas. De enfrentarnos a las emociones y a las diferencias para aprender a sortearlas justo antes de ser vencidos. De cuidarnos unos a otros, de agasajarnos a la hora de la comida. Días de lavar pilas de platos y vasos con una organización cuasi establecida. De ordenar y desordenar. De tender y destender. De sacudirnos el barro y seguir caminando. De jugar sin parar. Días de frío, lluvias y madera ardiendo sin parar. De caminos de tierra difíciles de pasar. Pero sobre todo días de contemplación entre tres generaciones de amor, de una gran familia ensamblada y en miras de ampliación.

Es probable que no logremos completar la tabla súper extensa de las historias de mi abuela y mi madre, pero no es de desmerecer el estupor al solicitar mesa para 16.

Una que pique poquito

México se puede conocer a través de su diversidad geográfica, de su arqueología milenaria y también por su gastronomía. Con sus elementos básicos como el maíz, el frijol y el chile crean cientos de platos con sabor inigualable, no en vano la UNESCO  declaró la comida mexicana como Patrimonio Intangible de la Humanidad en 2010. De norte a sur y de este a oeste la cocina mexicana deleita y enamora. Claro, si sos inmune al rigor del picante.

¿Te han dicho alguna vez “pica poquito”? A mí sí, muchas veces, y ya no lo creo. Sin embargo exploré las tradiciones culinarias de este hermoso país y comencé a probar comidas típicas. En ese camino de exploración de sabores, aprendí lo elemental en pocos días. Por ejemplo que si en el nombre está la palabra “chile”, entonces “pica”, seguro pica. Aunque te quieran convencer de lo contrario. Si bien es cierto que hay diferentes grados de “picor”, cuando tu boca no está acostumbrada al picante, no importa si usaron chile habanero o poblano, lo más seguro es que la pases mal, muy mal. Y aprendí también que para el mexicano si no pica, no sabe.

Luego de varios meses de vivir aquí y de superar el trauma de la discriminación (porque soy la que “no come chile”), mi marido y yo consideramos que era momento de invitar a algunos amigos mexicanos a comer a la casa. Nos esmeramos mucho en preparar algunas de las cosas que nos da orgullo de nuestra cocina argentina. Cocinamos los mejores cortes de carne que conseguimos, preparamos chimichurri, salsa criolla y ensaladas.

En un día soleado, la mesa estaba puesta en el jardín y la casa olía a humo y a grasa derritiéndose en las brasas. Cuando estábamos todos sentados, listos para dar el primer bocado a la tira de asado, surgieron dos preguntas que no esperábamos: ¿Hay tortillas (de maíz)?, ¿Tienes alguna salsa que pique? No sé quiénes se sintieron más defraudados en ese momento, si ellos o nosotros.

Con el tiempo logramos fusionar nuestros gustos y nuestra forma de preparar la comida. Modifiqué recetas de la cocina mexicana para que no picasen y de la argentina para que sepan un poquito a éste México querido. Y ahora, cada vez que invitamos a comer en casa, ya no se me olvida preparar las salsas. Una que pique  y una que pique poquito (porque a pesar de mi resistencia, con los años también aprendí a tolerar un poco el picante y además, a disfrutarlo). ¡Buen Provecho!